Existen dos Catalunyas. Una es la que se mueve en los despachos de la Generalitat, negocia con los partidos, cierra acuerdos, aprueba presupuestos e intenta sacar adelante una financiación autonómica que todavía tendrá que superar el trámite del Congreso. La otra es bastante más prosaica. Es la de quien busca un piso que pueda pagar con su sueldo, la de los padres que quieren una buena educación para sus hijos (conocieron ayer el desastroso balance del informe PISA) o la de quien cada mañana coge el tren o conduce por la AP-7 para ir a trabajar y cruza los dedos para que no haya una incidencia.
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