La socialdemocracia europea tiene un problema. Y no es menor. La inmigración se ha convertido en uno de esos asuntos que obligan a elegir entre lo que uno piensa que debe hacer y lo que una parte creciente de la sociedad reclama que haga. Suecia es un buen ejemplo. Los socialdemócratas han asumido que la política migratoria debe ser más restrictiva. También en Dinamarca, donde la socialdemocracia gobierna con un discurso especialmente duro sobre inmigración y defiende un mayor control de las fronteras y de las expulsiones.
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