La tarde del 11 de septiembre del 2001 le comenté a mi amigo Eugeni Madueño: “Va a venir una ola gigante desde el otro lado del Atlántico, no sabemos cuánto tardará en llegar, pero va a cambiar muchas cosas”. Habíamos compartido almuerzo cerca de la vieja sede de La Vanguardia en la calle Tallers de Barcelona, y un SMS –el móvil aún no devoraba cerebros– nos advirtió de los atentados de Nueva York. Al cabo de unas semanas, el tsunami llegaba a Europa: guerra al terrorismo, adhesión incondicional a Estados Unidos, traidor el que dude.
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