En las últimas semanas había una calma tensa en el caso Plus Ultra. Desde que José Luis Rodríguez Zapatero declaró como presunto líder de una trama de tráfico de influencias el pasado 17 de junio, las cosas comenzaron a moverse. Negó todo, se desentendió de cualquier gestión a favor de la aerolínea. Dejó la responsabilidad, en todo caso, sobre Julio Martínez Martínez. La postura del empresario estaba comprometida y tenía dos opciones: reconocer sus negocios con Plus Ultra, la creación de una sociedad offshore en Dubái y que su relación con Zapatero se limitaba a pagarle por asesorías, tal y como sostuvo el expresidente; o seguir el camino del corruptor del caso Mascarillas, Víctor de Aldama, admitir los hechos, al menos en parte, y dejar caer a la presa grande.
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