No fue un espejismo, fue real; aunque solo fue un instante. Hablamos del discurso que el Papa pronunció ante el Congreso; recibido con aplausos desde todos los escaños. León XIV apeló a la concordia, a la necesidad de escucharse, a la importancia de la palabra, a rebajar el tono y a recuperar la capacidad de entender al otro sin convertir cada discrepancia en una batalla acompañada de insultos (y bulos) en las redes sociales. ¿Por qué será que en algún momento me recordó al cardenal Tarancón? (por cierto, valenciano). Nadie pareció sentirse incómodo con sus palabras. Al contrario. Gobierno y oposición las celebraron con entusiasmo. No duró mucho. Al día siguiente, en la sesión de control al Gobierno, y con el Papa ya en Barcelona, cada uno, en Madrid, volvió a recuperar su papel, entre mucho ruido.
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