La marea de inmigrantes que desbordó Ceuta, creyendo que España sería una barra libre de oportunidades, pasó de los cánticos por pisar el suelo de la ciudad autónoma a las caras de resignación, apenas 24 horas después, por emprender el camino de vuelta entre lamentos por esfumarse su sueño de emigrar legalmente a Europa. Como, a muchos, les habían prometido. No hubo que utilizar la fuerza, las más de 48.300 personas, de las 50.000 que entraron de forma masiva sin que las autoridades de Marruecos lo impidiesen, volvieron por su propia voluntad en hilera por donde llegaron, el espigón fronterizo, tras pasar una noche a la intemperie, deambular por las calles sin nada que echarse a la boca y, sobre todo, con la sensación generalizada de haber sido engañados. “Nos han mentido. Nadie nos acoge. Esto parece una cárcel”, lamentaba ayer Karim, con 18 años recién cumplidos, a escasos cien metros de Marruecos.
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