No fue el primer beso, pero este tenía un mensaje especial. Pedro Sánchez le quería dar las gracias a su mujer por aguantar lo que ha tenido que aguantar por su culpa. Y lo que le queda. Aún deberá ser juzgada por un tribunal con jurado, donde la imparcialidad de sus miembros, aun con la mejor de las voluntades, quedará en entredicho por su adscripción política. Ese beso, el sábado, en el Centro de Arte Tomás y Valiente de Fuenlabrada, una localidad de la periferia de Madrid, fue todo un símbolo de lo que se puede sufrir en política. El día anterior, al referirse a la dimisión de la portavoz del PSOE, Montse Mínguez, Sánchez había dicho que “la política maltrata, a veces, a personas buenas”.
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