No es la primera vez que una campaña electoral en España se tiñe de luto por diferentes motivos. La desgracia ocurrida en la línea de alta velocidad en Toledo sobrecoge las conciencias y, aunque una parte del ruido electoral parece amortiguarse ante el dolor de las víctimas, toda reacción social a lo ocurrido incluye un cariz político. La capacidad de un gobierno para afrontar una tragedia siempre se mide por su habilidad a la hora de transmitir certezas y sensibilidad. Pero, en esta ocasión, el reto es mayor por tratarse de la segunda catástrofe de esas características que ocurre en apenas nueve meses. Resulta mucho más difícil restaurar la confianza en la gestión de los actuales responsables.
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