En la explanada de Loma Margarita de Ceuta, en las inmediaciones de la que será la base única militar en la ciudad autónoma, una veintena de legionarios rodeaban ayer a mediodía a medio centenar de inmigrantes, que previamente habían sido pastoreados, en grupos, hasta allí. Sentados, a la sombra, con el mismo bañador con el que hace cuatro días saltaron de Marruecos a España, esperaban indicaciones de los legionarios para subirse a un autobús, que los conduciría a la frontera para volver, supuestamente, de forma voluntaria a su país. “Tú”, “tú, “tú”, va gritando un militar, como forma de repartir los billetes de vuelta, sin más criterio que el aspecto de los chavales. Mientras, al otro lado de la calle, un miembro de la asociación ceutí Elín no pierde detalle de la escena porque ha detectado que entre los jóvenes embolsados hay muchos menores y tres sudaneses: ni unos ni otros, por ley, pueden ser expulsados sumariamente. El autobús se llena sin ellos. Y la sonora palmada de un legionario les da vía libre para levantarse, e irse. Aunque solo sea para seguir deambulando por la periferia de la ciudad, hasta volver a ser retenidos.
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