Las sentencias penales tienen una curiosa costumbre: juzgan a personas concretas por prácticas que hace tiempo dejaron de escandalizar a casi todo el mundo. En los primeros juicios por delito ecológico existía una defensa conocida como la del río muerto. El acusado podría haber vertido residuos, pero lo mismo que hacía la fábrica situada aguas arriba y la instalada más abajo. El río ya estaba destruido cuando él llegó. No prosperaba casi nunca, pero poseía una lógica difícil de discutir. A fin de cuentas, apuñalar a un cadáver no constituye un homicidio.
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