A la una de la madrugada del 9 de enero de 2001 Paco Lavandeira, un emigrante de Covelo (Pontevedra) de 73 años, ya estaba en la puerta del número 1.760 de la calle Guido, sede del consulado español en el exclusivo barrio de la Recoleta de Buenos Aires. Cuando abrió la puerta a las 8,30 lideraba una cola de cientos de personas que daba la vuelta a la manzana, en pos de un pasaporte de oro, de nulo valor en el otrora pasado opulento de Argentina. Arrancaba la carrera de las nacionalizaciones de descendientes, el principal factor que ha hecho pasar a la población española en el exterior del poco más de un millón del 2000 a los 3,2 de la actualidad. Al ritmo burocrático actual serán unos 4 millones en el 2030, una enormidad, pero lejos de los cerca de 6 millones sobre los que se especula al hilo de la ‘ley de nietos’.
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